SOLO DIOS SACIA
¿Quién es Dios?
miércoles, 6 de octubre de 2010
miércoles, 29 de septiembre de 2010
JÓVENES NO TENGAN MIEDO A LA MUERTE CRISTO LA HA VENCIDO
LA MUERTE, UNA VISIÓN DESDE LAS ESCRITURAS
AT.
I. PRESENCIA DE LA MUERTE.
1. La experiencia de la muerte.
Todo hombre pasa por la experiencia de la muerte. La revelación bíblica, lejos de esquivarla para refugiarse en sueños ilusorios, en cualquier etapa en que se la examine, comienza por mirarla de frente con lucidez: muerte de los seres queridos que provoca la aflicción de los que quedan (Gn. 50,1; 2Sa 19,1...); muerte en la que cada cual debe pensar como en cosa propia «gustará la muerte» (Mt 16,28; Jn. 8,52; Heb. 2,9). Pensamiento amargo para quien goza de los bienes de la existencia, pero perspectiva deseable para quien se ve agobiado por la vida (cf. Eclo. 41).
2. El más allá de la muerte.
El difunto «no existe más» (Sal 39,14; Job 7,8.21; 7,10). En las creencias primitivas, largo tiempo conservadas por el AT, la muerte no es, sin embargo, un aniquilamiento total.
3. El culto de los muertos.
Los ritos fúnebres son una cosa universal: desde la remota prehistoria tiene el hombre interés por honrar a sus difuntos y por mantenerse en contacto con ellos. El AT conserva lo esencial de estas tradiciones seculares: gestos de luto que traducen el dolor de los vivos (2Sa 3,31; Jr. 16,6); entierro ritual (1Sa. 31,12s; Tob. 2, 4-8), pues se tiene horror a los cadáveres sin sepultura (Dt. 21,23); cuidado de las tumbas, que toca tan de cerca a la piedad familiar (Gn. 23; 49,29-32; 50,12s).
4. La muerte, destino del hombre.
La muerte es la suerte común de los hombres, «el camino de toda la tierra» (1Re. 2,2; cf. 2Sa 14,14; Eclo 8,7). Y dando fin a la vida de cada uno, pone un sello a su fisonomía: muerte de los patriarcas «colmados de días» (Gn. 25,7; 35,29); muerte misteriosa de Moisés (Dt. 34), muerte trágica de Saúl (1Sa. 31)... Experiencia melancólica, de la que nace a veces, frente a este destino obligatorio, una resignación desengañada (2Sa 12,23; 14,14). Sin embargo, la verdadera sabiduría va más lejos; acepta la muerte como un decreto divino (Eclo 41,4), que subraya la humildad de la condición humana frente a un Dios inmortal: el que es polvo vuelve al polvo (Gn. 3,19).
5. La preocupación de la muerte.
A pesar de todo, el hombre que vive siente en la muerte una fuerza enemiga. Espontáneamente le da una fisonomía y la personifica. Es el pastor fúnebre que encierra a los hombres en los infiernos (Sal 49,15); penetra en las casas para segar las vidas de los niños (Jr. 9,20). Es cierto que en el AT recibe también la forma del ángel exterminador, ejecutor de las venganzas divinas (Ex 12,23; 2Sa 24,16; 2Re 19,35), y hasta la de la palabra divina que extermina a los adversarios de Dios (Sab. 18,15). La muerte y el seol no son, pues, sólo realidades del más allá; son poderes en acción acá en la tierra y ¡ay del que caiga bajo sus garras! ¿Qué es finalmente la vida sino una lucha angustiosa del hombre que tiene que habérselas con la muerte?
II. SENTIDO DE LA MUERTE.
1. Origen de la muerte.
No se puede despojar a la muerte de sentido. Contrarrestando con violencia nuestro deseo de vivir, pesa sobre nosotros como un castigo; por eso instintivamente vemos en ella la sanción del pecado. De esta intuición común a las religiones antiguas hizo el AT una doctrina firme que subraya el significado religioso de una experiencia sumamente amarga: la justicia quiere que el impío perezca (Job 18,5-21; Sal 37,20.28.36; 73,27); el alma que peca debe morir (Ez 18,20).
Ahora bien, este principio fundamental esclarece ya el hecho enigmático de la presencia de la muerte en la tierra: en los orígenes la sentencia de muerte no se pronunció sino después del pecado de Adán, nuestro primer padre (Gn. 2,17; 3,19). Porque Dios no hizo la muerte (Sab. 1, 13); había creado al hombre para la incorruptibilidad, y la muerte no entró en el mundo sino por la envidia del diablo (Sab. 2,23s). El dominio que posee sobre nosotros tiene, por tanto, valor de signo: manifiesta la presencia del pecado en la tierra.
2. El camino de la muerte.
Una vez descubierto este nexo entre la muerte y el pecado, todo un aspecto de nuestra existencia revela su verdadera fisonomía. El pecado no es sólo un mal porque es contrario a nuestra naturaleza y a la voluntad divina, sino que además es para nosotros, en concreto, el «camino de la muerte». Tal es la enseñanza de los sabios: quien persigue el mal, camina hacia la muerte (Prov. 11,19); quien se deja seducir por dama locura, camina hacia los valles del seol (7, 27; 9,18). Ya los infiernos dilatan sus fauces para engullir a los pecadores (Is. 5,14). En el caso de los pecadores es, pues, la muerte algo más que un destino natural: como privación del bien más caro que ha dado Dios al hombre, la *vida, reviste el aspecto de una condena.
III. LA LIBERACIÓN DE LA MUERTE.
1. Dios salva al hombre de la muerte.
No está en manos del hombre salvarse a sí mismo de la muerte: para ello es necesaria la gracia de Dios, único que por naturaleza es el viviente. Así, cuando se manifiesta en el hombre el dominio de la muerte en cualquier forma que sea, no le queda más que lanzar a Dios un llamamiento (Sal 6,5; 13,4; 116, 3). Si es justo, puede entonces abrigar la esperanza de que Dios «no abandonará a su alma en el seol» (Sal 16,10).
2. Conversión y liberación de la muerte.
Por lo demás, esta liberación de la muerte en el marco de la vida presente no la otorga Dios en forma caprichosa. Se requieren condiciones estrictas. El pecador muere por su pecado; pero Dios no se complace en su muerte: prefiere que se convierta y que viva (Ez 18,33; 33, 11). De ahí la importancia de la predicación profética, que invitando al hombre a convertirse, trata de salvar su alma de la muerte (Ez 3,18-21; cf. Sant. 5,20). Lo mismo se diga del educador que corrige al niño para retraerlo del mal (Prov. 23,13s). Sólo Dios libra a los hombres de la muerte, pero no sin cooperación por parte del hombre.
NT.
En el NT las líneas dominantes de la revelación precedente convergen hacia el misterio de la muerte de Cristo. Aquí toda la historia humana aparece como un gigantesco drama de vida y de muerte: hasta Cristo y sin él reinaba la muerte; viene Cristo y por su muerte triunfa de la muerte misma; desde este instante la muerte cambia de sentido para la nueva humanidad que muere con Cristo para vivir con él eternamente.
I. EL REINO DE LA MUERTE.
1. Recuerdo de los orígenes.
El drama se inició con los orígenes. Por la culpa de un solo hombre, el padre del género humano, entró, el pecado en el mundo, y con el pecado la muerte (Rm. 5,12.17; 1cor. 15,21). Desde entonces todos los hombres «mueren en Adán» (15,22), tanto que la muerte reina en el mundo (Rm. 5, 14). Este sentimiento de la presencia de la muerte, que el AT expresaba en forma tan fuerte, correspondía, pues, a una realidad objetiva, y tras el reino universal de la muerte se perfila el de Satán, «príncipe del inundo», «homicida» desde los principios (Jn. 8,44).
2. La humanidad bajo el imperio de la muerte.
Lo que da fuerza a este imperio de la muerte es el pecado: es «el aguijón de la muerte» (1Cor. 15.56 = Os 13,14), pues la muerte es su fruto, su término, su salario (Rm. 6,16.21.23). Pero el pecado mismo tiene en el hombre un cómplice: la concupiscencia (7,7); ella es la que da nacimiento al pecado, que por su parte engendra la muerte (Sant. 1.15). Sin Cristo estaba, pues, la humanidad sumergida en la sombra de la muerte (Mt 4,16; Lc. 1,79; cf. Is. 9,1); así la muerte fue en todo tiempo uno de los componentes de su historia y es una de las calamidades que Dios envía al mundo pecador (Ap. 6,8; 8,9; 18,8). De ahí el carácter trágico de nuestra condición: por nosotros mismos estamos entregados sin remisión al dominio de la muerte. ¿Cómo, pues, podrá realizarse de hecho la perspectiva de esperanza abierta por las Escrituras?
II. EL DUELO DE CRISTO Y DE LA MUERTE.
1. Cristo asume nuestra muerte.
Las promesas de las Escrituras se realizan gracias a Cristo. Para liberarnos del dominio de la muerte quiso primero hacer suya nuestra condición mortal. Su muerte no fue un accidente. La anunció a sus discípulos para precaver su escándalo (Mc 8,31 p; 9,31 p; 10,34 p; Jn. 12,33; 18,32); la deseó como el bautismo que lo sumergiría en las aguas infernales (Le 12,50; Mc 10, 38; cf. Sal 18,5). Si tembló ante ella (Jn. 12,27; 13,21 ; Mc 14,33 p), como había temblado ante el sepulcro de Lázaro (Jn. 11,33.38), si suplicó al Padre que podía preservarlo de la muerte (Heb. 5,7; Le 22,42; Jn. 12, 27), no obstante, aceptó finalmente este cáliz (copa) de amargura (Mc 10,38 p; 14,30 p; Jn. 18,11). Para hacer la voluntad del Padre (Mc 14,36 p) fue «obediente hasta la muerte)) (FIp. 2,8). Es que debía «cumplir las Escrituras» (Mt 26,54): ¿no era él mismo el siervo anunciado por Isaías, el justo puesto en el rango de los malvados (Le 22,37; cf. Is. 53,12)? Efectivamente, aunque Pilato no halló en él nada que mereciera la sentencia capital (Le 23,15. 22; Act. 3,13; 13,28), aceptó que su muerte tuviera la apariencia de un castigo exigido por la ley (Mt 26,66). Es que, «nacido bajo la ley» (Gál. 4,4) y habiendo tomado «una carne semejante a la carne de pecado» (Rm. 8,3) era solidario con su pueblo y con toda la raza humana. «Dios lo había hecho pecado por nosotros» (2Cor. 5,21; cf. Gál. 3,13), de modo que el castigo merecido por el pecado humano debla recaer sobre él. Por eso su muerte fue una «muerte al pecado» (Rm. 6,10), aunque él fuera inocente, pues asumió hasta el fin la condición de los pecadores «gustando la muerte» como todos ellos (Heb. 1,18; 2,8s; cf. 1Tes. 4,14; Rm. 8,34) y bajando como ellos «a los infiernos». Pero presentándose así «entre los muertos», les llevaba esta buena nueva, a saber, que se les iba a restituir la vida (1Pe. 3,19; 4,6).
2. Cristo muere por nosotros.
En efecto, la muerte de Cristo era fecunda, como la muerte del grano de trigo depositado en el surco (Jn. 12, 24-32). Impuesta en apariencia como castigo del pecado, era en realidad un sacrificio expiatorio (Heb. 9; cf. Is. 53,10). Cristo, realizando a la, letra, pero en otro sentido, la profecía involuntaria de Caifás, murió «por el pueblo» (Jn. 11,50s; 18,14), y no sólo por su pueblo, sino «por todos los hombres» (2Cor 5,14s). Murió «por todos» (1Tes. 5,10), cuando nosotros éramos pecadores (Rm. 5,6ss), dándonos así la prueba suprema de amor (5,7; Jn. 15,13; 1Jn 4,10). Por nosotros: no ya en lugar nuestro, sino en nuestro provecho; en efecto, muriendo «por nuestros pecados» (1Cor. 15,3; 1Pe. 3,18), nos reconcilió con Dios por su muerte (Rm. 5,10), de modo que podemos ya recibir la herencia prometida (Heb. 9,15s).
3. Cristo triunfa de la muerte.
¿De dónde viene que la muerte de Cristo pudiera tener esta eficacia salvadora? De que habiéndose enfrentado con la vieja enemiga del género humano, triunfó de ella. Cuando vivía se traslucían ya los signos de esta *victoria futura, cuando devolvía a los muertos a la vida (Mt 9,18-25 p; Lc 7, 14s; Jn 11): en el *reino de Dios que él inauguraba retrocedía la muerte ante el que era «la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Finalmente, se enfrentó con ella en su propio terreno, y la venció en el momento en que ella creía vencerle. Penetró en los infiernos como señor, para salir de ellos por su voluntad, «habiendo recibido la llave de la muerte y del Hades» (Ap 1,18). Y porque había sufrido la muerte, Dios lo coronó de gloria (Heb 2,9). Para él se realizó la *resurrección de los muertos que anunciaban las Escrituras (ICor 15, 14); vino a ser «el primogénito de entre los muertos» (Col 1,18; Ap 1, 15). Ahora, «liberado por Dios de los horrores del Hades» (Act 2,24) y de la corrupción infernal (Act 2,31), es evidente que la muerte ha perdidido todo imperio sobre él (Rom 6,9); por lo mismo, el que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, se vio reducido a la impotencia (Heb 2,14). Fue el primer acto de la victoria de Cristo. Mors et vira duello conflixere mirando; dux vitae mortuus regnat vivus (secuencia de pascua).
A partir de este momento cambió la relación entre los hombres y la muerte; en efecto, Cristo vencedor ilumina ya a «los que estaban sentados en la sombra de la muerte» (Lc 1,79); los liberó de la «ley del pecado y de la muerte», de la que hasta entonces habían sido *esclavos (Rom 8,2; cf. Heb 2,15). Finalmente, en el término de los tiempos, su triunfo tendrá una consumación fulgurante en el momento de la *resurrección general. Entonces la muerte quedará destruida para siempre, «absorbida en la victoria» (ICor 15,26.54ss). Porque la muerte y el Hades deberán entonces restituir sus presas, despuésde que hayan sido arrojados con Satán al estanque de fuego y de azufre, que es la muerte segunda (Ap 20,10. 13s). Tal será el triunfo final de Cristo: O mors ero mors tua, morsus tuus ero, interne! (Antífona de laudes del sábado santo).
III. EL CRISTIANO FRENTE A LA MUERTE.
1. Morir con Cristo.
Cristo, al tomar nuestra naturaleza, no sólo asumió nuestra muerte para hacerse solidario de nuestra condición pecadora. Cabeza de la nueva humanidad, nuevo *Adán (ICor 15,45; Rom 5,14), nos contenía a todos en sí cuando murió en la cruz. Por este hecho, en su muerte «murieron todos» en cierta manera (2Cor 5,14). Sin embargo, es preciso que esta muerte venga a ser para cada uno de ellos una realidad efectiva. Tal es el sentido del *bautismo, cuya eficacia sacramental nos une a Cristo en cruz: «bautizados a la muerte de Cristo», somos «sepultados con él en la muerte», «configurados con su muerte» (Rom 6,3ss; Flp 3,10). Ahora ya somos muertos, cuya vida está escondida en Dios con Cristo (Col 3,3). Muerte misteriosa que es el aspecto negativo de la gracia de *salvación. Porque a lo que morimos de esta manera es a todo el orden de cosas por el que se manifestaba acá en la tierra el reinado de la muerte : morimos al pecado (Rom 6,11), al *hombre viejo (6,6), a la *carne (IPe 3,18), al *cuerpo (Rom 6,6; 8,10), a la ley (Gál 2,19), a todos los elementos del mundo (Col 2,20)...
2. De la muerte a la vida.
Esta muerte con Cristo es, por tanto, en realidad una muerte a 'la muerte. Cuando éramos cautivos del pecado, entonces estábamos muertos (Col 2, 13; cf. Ap 3,1). Ahora somos vivientes, «vueltos de la muerte» (Rom 6,13) y «liberados de las obras muertas» (Heb 6,1 ; 9,14). Como lo dijo Cristo: quien escucha su palabra, pasa de la muerte a la vida (Jn 5,24); quien cree en él no tiene que temer la muerte: aunque haya muerto, vivirá (Jn 11,25). Tal es la ganancia que ofrece la *fe. Por el contrario. el que no crea, morirá en sus pecados (Jn 8,21.24), convirtiéndose para él el perfume de Cristo en hedor de muerte (2Cor 2,16). El drama de la humanidad en conflicto con la muerte se representa así en cada una de nuestras vidas; de nuestra elección frente a Cristo y el Evangelio depende para nosotros su desenlace; para los unos la vida eterna, pues, como dice Jesús, «el que guarda mi palabra no verá jamás la muerte» (Jn 8, 51); para los otros, el horror de la «muerte segunda» (Ap 2,11; 20,14; 21,8).
3. Morir cada día.
Sin embargo, nuestra unión con la muerte de Cristo, realizada sacramental.eente en el bautismo, debe todavía actualizarse en nuestra vida de cada día. Tal es el sentido de la ascesis, por la que nos «mortificamos» — es decir, «hacemos que mueran» en nosotros las obras del cuerpo (Rom 8,13), nuestros miembros terrenales con sus pasiones (Col 3,5). Es también el sentido de todo lo que en nosotros manifiesta el poder de la muerte natural ; en efecto, la muerte ha cambiado de sentido desde que Cristo ha hecho de ella un instrumento de salvación. El que el Apóstol de Cristo aparezca en su debilidad a los hombres como uno que está muriendo (2Cor 6,9), que se halle incesantemente en peligro de muerte (Flp 1,20; 2Cor 1,9s; 11,23), que «muera cad: día» (lCor 15,31), no es ya signo de derrota: lleva en sí la mortalidad de Cristo, para que la vida de Jesús se manifieste también en su cuerpo; está entregado a la muerte a causa de Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en su carne mortal; cuando la muerte hace en él su obra, la vida opera en los fieles (2Cor 4, 10ss). Esta muerte cotidiana actualiza por tanto la de jesús.
4. Frente a la muerte corporal.
En la misma perspectiva adquiere para el cristiano nuevo sentido la muerte corporal. No es sólo un destino inevitable, al que uno se resigna, un decreto divino que se acepta, una condena en que se ha incurrido a consecuencia del pecado. El cristiano «muere para el Señor» como había vivido para él (Rana 14,7s; cf. Flp 1,20). Y si muere como *mártir de Cristo, derramando su sangre en *testimonio, su muerte es una libación que tiene valor de sacrificio a los ojos de Dios (Flp 2,17; 1Tim 4,6). Esta muerte, por la que «glorifica a Dios» (Jn 21,19), le vale la corona de vida (Ap 2,10; 12,11). De angustiosa necesidad que era, ha venido, pues, a ser objeto de *bienaventuranza: «Bienaventurados los que mueren en el Señor. ¡Descansen ya de sus fatigas!» (Ap 14,13). La muerte de los justos es una entradeun la *paz (Sab 3,3), en el reposo eterno, en la *luz sin fin. Requiem aeternam dona eis, Domine, et lux perpetua luceat eis!
La esperanza de inmortalidad y de resurrección que comenzaba a clarear en el AT ha hallado ahora en Cristo su base firme. Porque no sólo la unión a su muerte nos hace vivir actualmente con una *vida nueva, sino que nos da la seguridad de que «el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará también la vida a nuestros cuerpos mortales» (Rom 8,11). Entonces por la resurrección entraremos en un mundo nuevo, donde «no habrá ya muerte» '(Ap 21,4); o, más bien, para los elegidos resucitados con Cristo no habrá ya «muerte segunda» (Ap 20,6; cf. 2,11): ésta será reservada a los réprobos, al diablo, a la muerte, al Hades (Ap 21,8; cf. 20,10.14).
Por eso para el cristiano morir es en definitiva una ganancia, puesto que Cristo es su vida (Flp 1,21). Su condición presente, que le clava en su . *cuerpo mortal, es para él agobiante: preferiría dejarla para ir a morar junto al Señor (2Cor 5,8); tiene prisa por revestirse del *vestido de *gloria de los resucitados, para que lo que hay en él de mortal sea absorbido por la vida (2Cor 5,1-4; cf. lCor 15,51-53). Desea partir para estar con Cristo (Flp 1,23).
SIN CRISTO LA VIDA SE DILUYE
La vida es tomar decisiones serias y contundentes, todos los días estamos en decisión constante. La vida es la posibilidad de las posibilidades, podemos hacer felices a los demás y dar lo mejor de nosotros mismos. Como jóvenes es necesario acudir a Cristo para descubrir que nuestra vida es auténtica y verdadera. Cristo vale la pena. Que Cristo Buen Pastor guie siempre nuestros pasos por el camino de la paz.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
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